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Encrucijadas: Segunda Mirada

Encrucijadas: Segunda Mirada

En 1996 , en colaboración con la Galería Sin Fronteras (Austin, Texas, EU), publiqué un portfolio de paisajes, Encrucijadas. Con el tema de la devastación del medio ambiente en los estados de Veracruz y Puebla, representó los cambios ecológicos que había visto desde mi primero contacto con la entidad en 1981 hasta la fecha de publicación.

La carpeta, impreso en heliograbado y impresiones de paladio, técnica que me ha obsesionado desde que descubrí la carpeta de Strand sobre México cuando era un joven estudiante en Beaumont Newhall en Nuevo México, allá por finales de los setenta.

He continuado mis estudios y mis búsquedas, pero creo que mi madurez como artista plástico gira alrededor de los encuentros y desencuentros de los procesos alternativos en una era digital, de mi relación con mi país adoptivo, México, su paisaje y su gente, y de una intensa enseñanza tallerista en todo el país, lo que me ha permitido no sólo afinar mi poética, sino experimentar, innovar y conocer. Como comento el reconocido crítico Lee Fontanella a propósito de Encrucijadas: ‘’Las imágenes de la carpeta Encrucijadas, nos presentan inquietudes socio-políticas, ecológicas, morales y a veces religiosas (…)’’

Encrucijadas: Segunda mirada, es una carpeta que reúne entonces, mis logros y mis compromisos, mis pasiones y mi suerte que quedó sellada cuando en busca de lo alternativo llegué a Xalapa a principios de los ochenta. Los resultados de estas imágenes incluyen una revisita a los sitios donde he trabajado desde 1981. Habla de cambios, de la observación de la secuela de efectos ambientales de las actividades que habían sido documentada entonces.

Las técnicas en las cuales están impresas, presenta a la vez, una disyunción entre forma de presentación (heliograbado) y el contenido de las imágenes, pues plantea el contraste entre la nostalgia que el formato de presentación conlleva y los resultados de una expansión industrial y consumista. Con esta intención en Encrucijadas: Segunda Mirada profundicé la veta estética de lo que comencé intuitivamente hace ya veintitantos años.

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Textos del fotógrafo

Textos del fotógrafo

La frontera México-Estados Unidos es una herida abierta en donde el Tercer Mundo se crispa contra el primero y sangra. Y antes de que una costra se forme sangra de nuevo, la sangre vital de la fusión de dos mundos para formar un tercer país – una cultura fronteriza. — Borderlands: The New Mestiza, Gloria Anzaldúa, 1987.

Fotografías del proyecto Refracciones Culturales: Vida fronteriza en  no man’s land.  El enfoque de este trabajo es la combinación de lo moderno con lo tradicional por la frontera entre México y Estados Unidos; se contrasta el norte y el sur, estableciendo una dialéctica entre los dos países que describe la coexistencia y contraste del orden y caos, el progreso y la tradición; mostrándonos así algunos ambigüedades de la sociedad moderna. —Byron Brauchli

Hay tantísimas fronteras que dividen a la gente, pero por cada frontera existe también un puente. —Gina Valdés

Dra. Leticia Mora

Dra. Leticia Mora

quijote

El otro lado La frontera en Refracciones culturales de Byron Brauchli

Dr. Leticia Mora
Professor
Universidad Veracruzana

Border culture means”…
to smuggle dangerous poetry and utopian visions
from one culture to another, desde allá, hasta acá.

—(Guillermo Gómez-Peña. A Manifiesto).

Al cierre del siglo XX y comienzos de un nuevo siglo hemos sido testigos de asombrosos cambios en el mundo. No sólo hemos presenciado el derribe del muro de Berlín, de las utopías socialistas, una redefinición de los nacionalismos, la desterritorialización de grandes conglomerados humanos, la globalización de formas de vida y la celebración de la otredad, sino también hemos presenciado masacres sin precedente en nombre de esencias raciales, religiosas o culturales. Se han destruido fronteras y se han creado otras. Sin embargo, la revolución electrónica de los últimos años ha puesto al alcance de nuestra mano una inmediatez con el mundo nunca antes experimentada. Paises eufemísticamente llamados en vías de desarrollo han sido sacudidos por la modernidad permitiendo la coexistencia y sincronía con prácticas atávicas y el internet. Los paises desarrollados han agudizado una nostalgia por formas primordiales de vida, sublimándola en el exotismo tercermundista. Ante esta nueva cartografía geopolítica y, sobre todo, cultural, que nos plantea contradicciones inexplicables surge el diálogo intercultural como una opción viable de sobrevivencia en la aldea mundial. Somos testigos y actores, efectivamente, de lo que Guillermo Gómez-Peña llama la “fronterización” del mundo:

We witness the borderization of the world, by-product of the “deterritorialization” of vast human sectors. The borders either expand or are shot full of holes. Cultures and languages mutually invade one another. The South rises and melts, while the North descends dangerously with its economic and military pincers. The East moves west and vice versa. Europe and North America daily receive uncontainable migration of human beings, a majority of whom are being displaced involuntarly. This phenomenon is the result of multiple factors: regional wars, unemployment, overpopulation, and especially the enormous disparity in North/South relations.
—(The Late Great Mexican Border, 102)

La frontera entre México y los Estados Unidos es el ejemplo paradigmático de la fronterización del mundo. En la historia de las relaciones bilaterales entre el primer y el tercer mundo esa línea ha sido muchas veces sanguinariamente definida, pero siempre ha sido hondamente vivida, imaginada, sentida, soñada, traspasada, violada… No es casual entonces que escritores como el citado Gómez-Peña o Gloria Anzáldua la llamen una “herida abierta”, y la conviertan en un término polisemántico, una categoría cultural que conceptualiza metafóricamente su realidad de artistas transculturados, híbridos.

La frontera delineada por el Rio Grande/Rio Bravo, cuyo nombre depende de su enunciación en la orilla norte o la sur es también el foco de la mirada del fotógrafo Byron Brauchli en Refracciones Culturales: Border Life en la tierra de nadie. Este proyecto se inició en 1996 bajo los auspicios de una beca del Fideicomiso México-Estados Unidos, pero tenía ya varios años fraguándose en la mente de Brauchli al cruzar innumerables veces la frontera en su peregrinaje hacia el norte o hacia el sur. En realidad este proyecto puede trazarse a 1981 cuando Brauchli visita México para estudiar por un año y, marcado por “la magia” de México, como muchos otros fotógrafos antes que él, decide quedarse a vivir por varios años. A partir de entonces su relación con México será constante y profunda por decisión, parentesco e imaginación, a tal punto que es México, su paisaje, su gente, sus cruces, sus encrucijadas el núcleo estético de su lente y material de todas sus carpetas de trabajo.

Para llegar a este punto, 1996 Cultural Refractions, Brauchli ha tenido que trascender, traspasar y destruir muchas fronteras: lingüísticas (su español casi perfecto con un acento ubicuo que lo sitúa como originario de varios lugares); nacionales (ser gringo en México y exotista en los Estados Unidos); culturales (costumbres, rituales, normas de conducta y la necesidad de una tradición para ubicar su fotografia: ¿aquí o allá?) y otras más tradicionales. Esta situación lo coloca en una ambivalencia perenne, en hombre sin casa, sin patria, si definidas éstas por una óptica estrecha y limitante o bien el proverbial ciudadano del mundo, el incansable cruzador de fronteras. Brauchli opta por esto último al hacer de su experiencia liminar al filo de dos culturales el capital simbólico que informa la concepción de su proyecto fronterizo y parte integral de su sentido artístico. La naturaleza híbrida de su proyecto sólo puede entenderse si hacemos un breve recorrido por la historia bilateral de la fotografía, deteniéndonos en aquellos momentos que nos permiten pensar Refracciones culturales dentro de un marco de referencia que le confiere continuidad artística al trabajo de Brauchli en relación al de sus antecesores.

Beauty, Coleridge wrote, is based in
“the unity of the manifold, the coalescence of the diverse.”

—(Robert Adams, Beauty in Photography)

La importancia y particularidad del proyecto visual de Brauchli puede ser comprendida cuando se contrapuntea con la tradición fotográfica sobre México que resalta su antimodernidad, la tradición fotográfica modernista (formal pero no necesariamente alusiva a la modernidad) derivada de Weston y la tradición mexicana documental. En Refracciones culturales confluyen de cierta manera estas tres corrientes.

Al fotografiar la frontera Brauchli se centra en una de las zonas más dinámicas y modernas de México. El viejo conflicto Norte-Sur se simboliza en el binomio tradición-modernida; nacionalismo y globalización; el rostro de su dualidad inherente aparece por todas partes: en “El Tejano Autoparts”, McAllen, TX 1997, coexiste el español y el inglés; una vieja señal de neón sobreimpuesta con un anuncio escrito a mano. El conglomerado de líneas en todas direcciones se centra en la sexualisada figura de un vaquero ¿tejano? con pistola, botas y sombrero. No importa si el vaquero, como lo pintan, ha dejado de existir en la realidad. Su imagen connota y denota la gramática de los estereotipos, valido en cualquier lugar—las fronteras son una sola, como dice el gran anuncio de “Frontera Beep”.

Brauchli retoma de la fotografía modernista una concentración formal en la composición de la toma directa (straight versus montaje u otro tipo de manipulación). Pero el lente y el enfoque frontal se suavizan y difuminan por medio de la delicada escala tonal del paladio, proceso usado por algunos fotógrafos extranjeros (Weston, Strand, Gilpin, entre otros) y los llamados pictorialistas que realza sutilmente los tonos además de proporcionar profundidad, detalle y textura. Es quizá este “preciosismo” por su fina atención al detalle y alta cualidad—de la impresión del paladio lo que atrapa visualmente la atención del observador. El resultado que me permito llamar —”efecto paladio” en el espectador es una inconsciente asociación con el pasado, especificamente con el siglo XIX y sus narrativas maestras sobre la naturaleza prístina o salvaje— y la sociedad etnografía. Pero el contenido se encarga de volvernos a nuestro cultural milieu. De ahí nuestra perplejidad, pues es difícil reconciliar las espectaciones que el paladio despierta con el sujeto representado. Veamos “Scarecrow, Yonque”, Cd. Juárez, 1997. No hay nostalgia por un tiempo ido; los autos al fondo nos recuerdan nuestro urbanismo, nuestros desechos, nuestro medio ambiente. En fin “la modernidad y sus discontinuidades” al decir de Brauchli. La foto se convierte así en una metáfora provocadora de una serie de asociaciones que nos lleva a abandonar la concentración formal en la imagen enfrente de nuestros ojos como un fin en sí mismo. Esta es una ruptura con el modernismo.

En esta aparente contradicción reside la novedosa mirada de Brauchli sobre la frontera. Su propuesta visual construye un discurso cálido pero a la vez reflexivo. Efectivamente, nos invita a pensar una imagen en relación al conjunto: temas y motivos circulan, se elaboran, se ratifican, se cuestionan. Lo puramente visual desaparece al coexistir dos idiomas, dos semióticas que demandan dos semánticas para su desciframiento: signos, hebras de varias narrativas que nos exijen dejar al lado nuestros presupuestos culturales y enfrentarnos a una nueva realidad trasnculturada y armoniosa.

Sé que la belleza en nuestra época posmoderna es sospechosa, como lo es el cuidado artesanal y el preciosismo en general. Todos recordamos las observaciones de Walter Benjamin y Susan Sontag. Pero quizás no lo sea si entendemos la belleza como el arte de hacer posible lo imposible, o parafraseando al fotógrafo, Robert Adams, como la habilidad del artista para convocar una nueva mirada en la reconciliación de la diversidad de elementos a su disposición. El control impecable de Brauchli sobre sus instrumentos de trabajo para la impresión de paladio es necesario un alto grado en la calidad del negativo—no debe leerse sólo como una meditación formal sobre su sujeto. Una imagen puede revelar un fuerte contenido lírico, evocativo o intelectual economizando viejas narrativas culturales en la condensación de un medio de expresión como el platino, o en la toma directa de elementos de gran contenido simbólico. En las fotografías de Brauchli encontramos varios símbolos iconográficos que crean una sintaxis visual compleja. Un ejemplo es “Nopal”, Laredo, 1997. La familiaridad extrema con que estamos acostumbrados a contemplar el nopal símbolo nacionalista de México a través de las imágenes previas de cientos de fotógrafos, entre ellos Weston y Gilpin, se congela en el escaparate de una vitrina, tornándose en su refracción abiertamente provocadora. Subyace una fina ironía en esta defamiliarización. “Nopal” es ahora un paisaje cultural que revela su artificio al transformarse de metáfora de la esencia nacional a objeto de consumo, a icono kitsch de lo mexicano para exportación. En este mismo diálogo se inscribe “Parque, Cd. Juárez”. Nuestra mirada se centra en la ubicua bolsa de plástico que corona un cactus. A través de ella no podemos dejar de cuestionar la monolítica visión de México como país rural o exótico y de reflexionar en las obvias consecuencias de la modernización, del mercado.

Por último, Brauchli se aleja de la tendencia prevalente en la fotografía sobre la frontera: la documental. Empero, como fotógrafo que conoce su medio de expresión artística es consciente de la paradoja que encierra la fotografía, pues sabe que su limitación y su poder reside en su dependencia del referente. De esta manera, aunque el drama que el fotógrafo captura es más modesto que el drama migratorio, éste es uno silenciosamente tomando lugar en el mundo y más agudo en la frontera: la fronterización del mundo. Se requiere una mirada entrenada a ver y apuntar los suceptibles cambios tomando lugar: la coexistencia de realidades diversas, de primer y tercer mundo, la americanización del sur, la mexicanización del norte.

Así, la tentativa visual de Brauchli es, otra vez, como su sujeto mismo, un híbrido. No tiene la “objetividad” documental de las tomas de Lange, ni el tono de denuncia y compromiso social de Tina Modotti, o la magnitud épica de Eniac Martínez, ni vemos tampoco la contemplación del paisaje prístino a lo Ansel Adams ni la pura atención formal de Weston. Si contemplamos el díptico que da título al proyecto, “Refracciones Culturales. Tijuana, 1997″, intuimos el drama diario de cientos de personas que cruzan la frontera, por ello puede ser un documento si bien fragmentario de una compleja realidad. Aún así, esta imagen en particular o el conjunto de ellas, responde a una alta composición formal en la simetría que establece entre un lado y otro, y en el fino detalle artesanal del platino en la presentación final de la impresión, lo que abre verdaderas paradojas visuales.

Gilberto Cárdenas en su ensayo sobre Refracciones ha señalado:

While there is inherent documentary evidence in the works selected for this exhibition, the organizing principle was not limited to a strict documentary approach”… Captured in Brauchli’s photographs are aspects of everyday life on the border”… While Byron’s photos convey serenity and tranquility, they do so even when there is incredible drama and conflict that is an inherent part of the story, but not always apparent”
(Brauchli 5).

Efectivamente Brauchli prefiere enfatizar una narrativa visual metonímica: el enrejado en que las personas se ven obligadas a cruzar el puente es un signo reiterado (“Border Fence” 1997; “Bridge”, 1997; “Direct Manufacture”, 1997; “El juego de los niños” 1997) en el ensayo visual de Brauchli sobre la frontera y demasiado alusivo a la fina tensión en que caminan los dos paises. La riqueza material evidenciada por el excesivo número de vehículos y la grandiosidad de los puentes peatonales usados, obviamente, por un grupo menos favorecido por la modernidad como es el hombre de espaldas que captura nuestra atención pidiendo dinero, o la niña, que desde una esquina alza su taza mientras mira el paso de los carros: conflicto mimético y estético.

A diferencia de otros fotógrafos que detienen su lente en el rostro humano de la frontera, la mirada de Brauchli se concentra en la huella de lo humano: un mural “No más violencia # 1″ 1997; “Migra”, 1997; o la virgen de Guadalupe pintada bajo un puente para consagrar la memoria de una victima de ¿la fatalidad? ¿la violencia? en “Virgin”, 1997, creando un espacio visual donde coexisten y se cuestionan elementos modernos por antonomasia y expresiones de una fuerte y arraigada tradición.

Ya que sus imágenes se determinan más por el azar del hallazgo de luces y sombras, de lineas, de formas, de signos que el escrupuloso registro de un itinerario planeado o documental, no nos sorprende que algunas de sus imágenes más perdurables, por su emotividad y matices estéticos, sean sus retratos de personas encontradas en su vagar por las riberas del rio. Llegar a fotografiar personas le tomó muchos años, pues, respetuoso de su sujetos, Brauchli necesitó desarrollar una comprensión y un acercamiento que no les ofendiera ni intimidara: su método—por así llamarlo—es pedir permiso de fotografíar los alrededores, hablar con ellos, decirles que les enviará una copia si le proporcionan una dirección, y, cuando se sienten cómodos enfocar su lente. En “Man in Railcar”, Nuevo Laredo, Tamaulipas, 1977 y “Beauty and the Beast”, Sonora, 1977 sus personajes miran directamente hacia la cámara sin posar, relajados, como esperando ¿qué?, o quizá pensando en descifrar lo que el fotógrafo encuentra atractivo para fotografiar. Sin distancia ni frialdad, Brauchli logra capturar en la mirada del hombre dignidad y respeto, sin perturbarse por la cámara . En “Beauty and the Beast” no deja de ser irónico encontrar en un carro de ferrocarril abandonado, alejado de los centros urbanos, un ejemplo de la comercialización y de Hollywood.

Es precisamente esta yuxtaposición de signos, de dialécticas visuales, de técnicas, de estéticas y contenidos, de diálogos entre el norte y el sur, entre la modernidad y su discontinuidad lo que particulariza el trabajo que estamos viendo. El rigor en la composición y la calidad de la impresión contrasta con sus contenidos prosaicos, mundanos revelándonos una estética sincrética y plural como la frontera misma. Brauchli, con un pie de cada lado del Rio Grande/Rio Bravo nos invita a acompañarlo en su búsqueda sincrética, bicultural… si queremos cruzar fronteras. Nos dice Brauchli:

El cruce de la frontera entre los Estados Unidos, considerado por algunos el paradigma de la modernidad, y México me permitió capturar imágenes que captan visualmente la división. muchas veces artificial, entre la modernidad y la tradición; entre el orden y el caos, entre el norte y el sur del Rio Bravo. Esta dialéctica visual… conlleva un sesgo irónico inevitable, pero ojalá, sea también, una invitación a la meditación, al diálogo, a la tolerancia en este callejón sin salida en que nuestros paises se encuentran.
—(Brauchli Fragmentos, 1999)

Versión editada

Roy Flukinger

Roy Flukinger En la tierra de nadie

Roy FlukingerSenior Curator of Photography & CinemaHarry Ransom Humanities Research CenterThe University of Texas at Austin

Time never stops flowing,timenever stops creating,time never stopserasing its creations,the springof visions never stops.The mouths of the riverspeak clouds,human mouthsspeak rivers.Reality always has another face,the face of every day,the one we never see,the other face of time.—Octavio Paz

When Edward Weston packed his bags in 1923 and headed both into Mexico and into the folklore of modern photohistory, he subjected himself to great levels of personal, cultural, economic and creative change. In the course of redefining both himself and his aesthetic he often remarked upon his “fight to avoid [Mexico’s] natural picturesqueness.” In the end he succeeded and would return home with a body of work that would begin to reinvigorate modern photography with an objectivism and symbolism that continues to be felt today.Weston was able to recognize the pictorialist trap which many had not and many more still cannot: that tendency to selectively depict the obvious, clichéd elements in a most impersonal manner, substituting form and style in place of understanding and analysis. There are far too many of us tourists/turistas who return from either side of the border with portraits of individuals whose names and lives we do not know or with genre scenes we have not attempted to fathom.On the other hand there are the documentarians from both our nations who work both sides of the line. With intentions ranging from the noble to the exploitative, they have secured the faces and landscapes which often feature the societal scars that have been engendered by crime, economics, prejudice, or simply the loss of hope. Their truth is no less valid but, like Weston’s, it is only one other truth throughout this river of change.

The only fence against the world is a thorough knowledge of it.—John Locke

Like the river that creates it, the United States-Mexico Border is subject to —frequently, relentlessly, eternally— the changes of time. Nothing about it is immutable. Indeed, the river itself has two names—Rio Grande and Rio Bravo—determined by which bank you view it from. It all depends where you stand.Byron Brauchli has stood on both sides, lived on both sides, and crossed it frequently and passionately. And, since his very first residence in Mexico in 1981, he has photographed both nations with the same degrees of frequency and passion. As such, he has created and continues to produce photographs which can scale fences, tear down walls, celebrate the human, and embrace the change.Since 1996 he has formed the core for the —Cultural Refractions project, a far-reaching photographic engagement around this border of nations, cultures and beliefs. While the project has its current manifestation in the present exhibition at the appropriately-named Galerí­a Sin Fronteras here in Austin, it is only part of a longer and broader vision.For the past year and more Brauchli has directly engaged himself with a number of photographers in Mexico. This has resulted in his teachings and dialogue stemming from his own experience of years of making photographs both along the border and throughout the societies of both nations. As well as exploring ideas and aesthetics, he has also brought his technical expertise to bear, teaching these photographers about the qualities of palladium printing, a nineteenth-century medium of which he is one of our finest contemporary practitioners.It is notable as well that Brauchli has taken the others through not only the chemistry but also the vision inherent in both the borderland subjects and in this medium of expression. Certainly he has helped them to secure the necessary chemicals and hands-on experience to begin palladium printing themselves. It is equally certain, however, that he has also introduced them to the sensibilities and qualities inherent within both this medium and its application to the production of works about the theme of the border itself.For those of us who have followed Brauchli’s work for years this comes as no surprise. He has taken palladium and other early photographic and photomechanical printing processes and adapted them to his own modernist vision. He has challenged the long-held illusion that such processes must only be applied to making traditional and/or historically-referencial “pretty” pictures. Brauchli’s concerns are with the present and, in applying a process from photography’s past, he has assured the future influence of how he sees and what we must all see in the worlds around us.Thus, it is significant that he has brought his untiring eye to the border while expanding the boundaries of this Cultural Refractions project. For, during the last year and then some, he has also, in addition to teaching and dialoguing, engaged in photographing the human vistas along the river. And it is these explorations of humanity and environment and mystery that constitute the second portion of the project—namely the present exhibition.The works you see in this exhibition—executed with insight and palladium and care—reflect this most humane quality of his art. They incorporate the new and the old, the original and the clichéd, the poignant and the witty, the documentary and the abstract—all in one eloquent palette. When I explore Brauchli’s Mexico I always recall Paul Strand’s old admonition: “It is one thing to photograph people; it is another thing to make others care about them by revealing the core of their humanity.” Byron finds that core.

There will always be those who do not understand, who look too quickly or paternalistically or as voyeurs. But there also will be those who see in the moment of the photograph what I see—and maybe even things that I didn’t see.—Julianne Newton

There is also the third phase of the project still to come: the part that circles back to its beginning and completes the creative cycle.For let us not forget that the photographers who interacted and studied with Brauchli are out there right now—finding their own levels of engagement, making their own photographs, creating their own palladium prints. What have they seen that we have not? What have they to say about the mundane and the monumental, the prosaic and the mysterious? Where do the fences, walls and rivers of this borderland offer them challenge or try to hold them back?It remains now to gather together the works of a number of these others, to edit them into yet another show and to have this statement of multiple visions begin its circulation. To both sides of the border. And, perhaps, into the interiors of both nations as well.For Brauchli continues to open these windows of palladium and wonder, en la tierra de nadie. And the photographs must continue to offer us yet further refractions upon how we view this borderland. And our nations. And their inhabitants. And ourselves.

Gilberto Cárdenas

Gilberto Cárdenas Cultural Refractions

Border Life en la tierra de nadie


Dr. Gilberto Cárdenas
Assistant Provost
Director of Latino Research Institute
Notre Dame University

Until recently, the United States-Mexico border was considered an isolated and sparsely populated region of both countries. Outside the border region, the United States and Mexican imaginaries did not conjure up informed understanding of border communities or their people. The Mexican side of the border was viewed as problematic–based on outdated and erroneous conceptions of the wild frontier-boystown, poverty, and cultural deprivation. The strength and importance of the border economy was not understood as vital to the economic well-being of either nation. The indifference to the border that prevailed in both nations has been replaced by keen attention. Many contradictory developments have made the border highly salient. Immigration has crept into the political arena as a thorny issue that belies simplistic solutions. Nevertheless, simplistic solutions abound, and draconian efforts to criminalize migration have intensified, making the imaginaries of the old border appear to be real in the present–the only remedy to control the border is militarization. NAFTA and globalization have elevated the importance of the border to the economies of both nations and certainly to the immediate interests of the border states of each nation. The population of the border communities continues to grow by leaps and bounds. At one point, the greater border region was the fastest growing region of the world. Today, border municipalities are rapidly becoming thriving cities with urban populations that expand at a phenomenal rate and that constitute important markets. Tijuana, Baja California, for example, is now the most populous city on the Pacific coast, with the exception of Los Angeles.

The border is an area in which a rich panorama of visual contrasts is immediately available for all to view and contemplate. The shared meanings of a complex range of border experiences create social realities that change daily, and at the same time, remain constant, even if they do not invoke a sense of permanence in the minds of “fronterizos,” the people of the border. Visitors, tourists, and recently arrived settlers engage the border with wonder and dismay about the ever- so -present array of contrasts and contradictions encountered in both the urban and rural landscapes of the border area. A composite intertwining of many spaces, layered and overlay on each other, provides the viewer with a sense that the border region has changed rapidly if not by invasion-like proportions. While a multitude of signs, and symbols, and a variety of physical structures such as houses, streets, cars, fences, stores, buildings and graffiti provide the visual backdrop of densely populated urban areas, the rural areas that are accessible to people are visually transformed by the human hand. The rivers, canyons, semi-arid and desert landscape retain their beauty and naturalness even as they are traversed by fences, roads and waterways, or otherwise inscribed by the vicissitudes of human activity.

Photographs of the Border

Last summer Byron Brauchli, an Austin-based photographer, traveled to the border with the expressed intention of developing an exhibition of palladium prints for Galería Sin Fronteras and to tour other venues in Texas and in Mexico. This exhibition was undertaken as an integral part of a larger project supported by a US-Mexico Fund for Culture grant awarded in 1996. This multi-purpose grant enabled Brauchli to undertake a photographic study of the border the following year; to conduct a series of workshops discussing border landscape photography and teaching palladium printing to photographers in the border region, and in Veracruz, Mexico; and to mount a traveling exhibition in the United States and in Mexico. The photographs for this exhibition represent a small portion of the work, photographs selected more for their visual power and less for their value as photographic documentation, a value which could have also resulted in a very interesting exhibition. While there is inherent documentary evidence in the works selected for this exhibition, the organizing principle was not limited to a strict documentary approach. Rather, we chose to rely less on a formal approach than on a narraitve one, emphasizing the engagement of the photographer and his response to the reality of the border. It is the visual world which he seeks and finds, and finally, which draws his attention and technical expertise with the camera.

The photographer’s encounter with the subject matter involves an “engagement” so to speak. The “engagement” to which I refer, in this case, the photographer’s arrival to the border, was preceded by a long-standing knowledge of Mexico, based on an intimacy and understanding of the people, and knowledge of the language and culture through marriage and residence in Mexico for extended periods of time. Prior to this project, Brauchli’s photographic endeavors included Cruces del Camino, an earlier series of photogravure prints, and the publication in 1996 by Galería Sin Fronteras of Encrucijadas, a portfolio of palladium prints and a photogravure concerning environmentally-related issues in the State of Veracruz, Mexico. Captured in Brauchli’s photographs are aspects of everyday life on the border, not the stuff of the moment, but the enduring- “you see it everywhere and all the time” type of subject matter. What makes these photographs interesting and compelling is the straight-shooting approach taken by Brauchli, coupled with the full-frame printing, and a masterful technique, which in the end, greatly enhance the aesthetic beauty of the photographs. Byron’s special interest in palladium printing gives him added capabilities that few photographers of the border possess. Madeline Irvine, art critic, describes palladium prints as “one of the oldest printing methods in photography still in use today….a contact print method (the negative is put directly on the paper), and the process, using different metals than the more popular silver gelatin prints, produces one of the deepest, riches tonalities in photography”(1997) The lasting and enduring images of his photographs demonstrate that his exceptional skill and effort in printing are tremendously valuable in allowing him to reach tonal values and highlights that only few are able to achieve. “Man in Railcar”, “Ironwood Vendor” and “Reflections” are particularly good examples of an excellent tonal range. A message is conveyed that suggests something special about his engagement with the border which requires the photographer to spend extraordinary time in producing a set of prints for the viewer to appreciate. While Byron’s photos convey serenity and tranquility, they do so even when there is incredible drama and conflict that is an inherent part of the story, but not always apparent–international borders, rivers and deserts are crossed daily by people trying to make a living in the midst of an ever-intensified global economy. Brauchli states that his work “focuses on the merging of modernity with tradition along the U.S.-Mexican border; it contrasts the North and the South; it establishes a visual dialectic between the two banks of the Rio Grande that narrates a coexistence and contrast of order and chaos, progress and its discontinuity; showing some ambiguities of our modern society.” This refers to images such as “Direct Manufacture” a collage/installation in a real-life setting, shot in the evening, with lit-up sculpture-size figures standing in the foreground behind a chain -link fence. In this sense the images can be deceiving in their very beauty. We are reminded of what things could be, if not for the negativity that goes with the modernities of globalization and the maintenance of national borders. This is especially true in the case of the daily “cat-and-mouse” game that transpires between the border patrol and undocumented workers attempting to cross the border to work in the United States, workers caught up in the international economy without corresponding rights of entry and exit appropriate to the situation of friendly nations sharing contiguous borders. Perhaps Madeline Irvine best summarizes Brauchli’s approach in her observation that “Brauchli seems to find an almost primordial beauty in the interaction between humans and nature” (1997).