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Lo atroz en el paisaje veracruzano: Ecología de la imagen de Byron Brauchli

No vemos las cosas tal como ellas son,
las vemos tal como nosotros somos
Talmud

La primera forma de la esperanza es el miedo,
el primer semblante de lo nuevo, el espanto.
Heiner Müller

Sus raíces son venas,
nervios sus ramas,
sus confusos follajes, pensamientos.
Octavio Paz, Árbol adentro

La mayor parte de las imágenes del paisaje veracruzano capturan la belleza de su rica diversidad. Playas, aves, montañas y su famoso Pico de Orizaba son parte de una rica iconografía que ha ido configurando las vistas de lo que conocemos como paisaje veracruzano. El proyecto de Byron Brauchli, Ecología de la imagen, nos revela un paisaje distinto: el paisaje asolado por el hombre.

Si pensamos que Veracruz es uno de los estados con más peligros en su diversidad ambiental pues su flora y su fauna es una de las más depredadas, no podemos sino preguntarnos: ¿puede el arte hacer algo? ¿cuál es su papel, si alguno, en la codificación de un paisaje amenazado?¿Se debe seguir insistiendo en producir imágenes de prístina y serena belleza a pesar de la creciente deforestación y destrucción de bosques y selvas? Sabemos que el arte, ciertamente, no tiene la capacidad de transformar el mundo, pero sí de hacernos más conscientes y aguzar nuestra percepción para observar lo que pasa en él. Brauchli se propone con esta serie de imágenes ante ustedes, que veamos el paisaje con el azoro con que a él se le ha ido revelando en más de treinta años de fotografiar a México. Enamorado del paisaje de la sierra veracruzana, de Jalacingo y sus alrededores, inicia, hace más de 20 años, una serie que dialoga con la relación entre el paisaje y los procesos modernizadores, a la que apropiadamente titula Encrucijadas. Hoy, con las imágenes ante ustedes, ha regresado a esos lugares y puede constatar que los bosques se han talado para construir casas; los ríos anidan en basura; hay menos niebla, y los pueblos-ciudades tienen tantos problemas urbanos como las grandes metrópolis. Las bucólicas imágenes de borregos o vacas pastando son escasas, pues el campo ha sido abandonado. Ante estos hechos se preguntó: ¿Cómo hablar de este ecocidio?

Pregunta ética y estética. La devastación ecológica es una de las atrocidades más silenciosas e inenarrables pues generalmente no hay balas ni cuerpos mutilados; no vemos un rostro famélico que nos recuerde nuestros excesos ni grandes filas de personas buscando ser evacuadas. No todavía. Si quisiéramos poner una imagen a este drama silencioso enfrente de nosotros recurriríamos a las imágenes del cine, a una realidad virtual y estetizada, casi siempre fuera de nuestro territorio, como una manera de decir “les pasa a otros”. Entonces ¿cómo lograr que las imágenes hablen de nuestro entorno y nos interroguen? Una estrategia a la que han recurrido la mayoría de los fotógrafos, es documentar la existencia del paraíso antes de su destrucción. Brauchli ha escogido otro camino, uno menos trillado y lleno de riesgos, que lo emparenta con un grupo de artistas conscientes de la amenaza enfrente de nosotros. La mayoría de ellos pintores radicados en varias partes del mundo, y muchos fotógrafos documentalistas aprestados a codificar un paisaje apocalíptico. Ya que la fotografía, por tradición, descansa en una premisa de referencialidad, Byron no la elude. No pretende hacer paisajes ecológicos digitales, producto de su imaginación y manejo técnico. Parado sobre la realidad, la enfoca y la maneja estéticamente, ya que no olvida las exigencias y el rigor formal. Conocedor profundo de la historia de su medio de expresión, de las diferentes formas en que el paisaje se ha ido codificando como un género en la práctica fotográfica, Brauchli recupera las primeras técnicas en que las impresionantes vistas de la Rocallosas fueron fijadas, canibaliza sus contenidos estéticos y desplaza sus contenidos temáticos. El resultado está ante ustedes: un hibrido, bello pero atroz, que mira las representaciones del paisaje y las cuestiona formal y temáticamente.

En efecto, en esta serie el espectador encuentra la toma de una vista de la naturaleza en un cálido tono que puede variar del sepia al negro. Si se mira detenidamente, hay un marco de relieve alrededor de la toma, el que deja la placa de cobre cuando el rodillo del tórculo pasa sobre ella. Esta intrusión en una toma fotográfica nos prepara y sabemos que estamos ante un objeto manipulado (moldeado por las manos), artificio que la foto regularmente oculta pues se pretende “objetiva”, es decir, sin mediación entre el objeto enfrente de la cámara y ésta. Si al tono agregamos la textura que el rico papel de algodón ofrece, la sensación inmediata es la de estar ante unas exquisitas imágenes de museo. Su calidad de artefacto (hecho como objeto de arte) nos obliga a indagar “su hechura”, el medio en que se expresan, en este caso el heliograbado en cobre, proceso antiguo y delicado. Las ramas de árboles, los troncos recién cortados, la imagen que colma la página en tonos obsesivamente negros nos asfixia y nos obliga a desviar la vista. En ese momento nos asalta la pregunta: ¿qué está pasando en la imagen? ¿Qué veo y no distingo? Vuelvo a mirar. Reconozco árboles, montañas, sombras y luces, pero gradualmente, a medida que tomo conciencia, la belleza inicial que atrae la mirada se convierte en sorpresa y reaccionó con emoción. Duele que el tronco de “El pulpo”, viejo y aparentemente sano, haya sido cortado; duele contemplar que algunas de sus raíces persistan en hundirse en la tierra como un grito que clama su derecho a la vida, a pesar de que su falta de follaje afirme “estas muerto”. El sentimiento de indignación es atroz. El dolor es atroz. Semánticamente la palabra atrocidad es aplicada a los crímenes de guerra; al inútil dolor infligido a un ser humano por otro ser humano, pero creo que esa palabra es también apta para describir lo que pasa con el medio ambiente pues lo que el hombre le causa es cruel, inhumano, injusto, por lo disparatado o equivocado, como lleva implícito en su definición la palabra atroz. Así, si desastre, como calamidad o catástrofe (las palabras usadas para referirse a la devastación ambiental) tienen un dejo de destino, de azar o de suerte en su significado, atroz, además de lo negro y ominoso que la palabra conjura y que Brauchli captura maravillosamente, le devuelve al hombre su justo lugar, activo y responsable, en ese orden de cosas.

Dice Susan Sontag en su reflexión de las imágenes de la guerra que las historias, las narraciones, nos ayudan a comprender, pero las imágenes nos habitan como espectros. Si el estatuto indicial de la fotografía persiste, que sea para habitarnos y hacernos conscientes. Frente a los cielos despejados y claros de las fotos de paisajes, Byron Brauchli restaura los negros ominosos que desnaturalizan ese paisaje idílico. El proceso es gradual y nos obliga a adentrarnos morosamente en lo que nos presenta. Tantear sus posibilidades de sentido al tiempo que se descubren sus cualidades estéticas que la deliciosa técnica de impresión del heliograbado exige. Así, no sólo identificamos hebras de la realidad también les tenemos que dar un sentido ético y estético. Sus imágenes no ofrecen una explicación sobre la devastación ambiental, mucho menos son una visión univoca o total, se inscriben en la depredación del ambiente y a ella recurren para dar coherencia al discurso individual y estético que despliegan ante nosotros, pero en ese proceso, nuestra mirada cambia, se descentra de ese camino trillado al que la teníamos acostumbrada y este descentramiento modifica lo visible: el paisaje veracruzano y la forma de percibirlo, explicarlo y representarlo.

DRA. LETICIA MORA PERDOMO
Instituto de Investigaciones Lingüístico Literarias